Parálisis

Para aquellos que vieron su futuro en peligro con el paro del servicio de transporte colectivo.

Parálisis

“An advanced city is not one
where even the poor use cars,
but rather one where even the rich
use public transport.”

—Enrique Peñalosa, Why buses represent democracy in action

Como una fiebre que emana desde la nuca hasta la coronilla, luego un calorcito que lento serpentea hacia el asiento. Así describe Raquel de Mendoza en la cena, cuando le sirve a sus dos nietos y su hijo Bryan, la tarde que se entera que el lunes no habrá servicio de AMA ni Tren Urbano. Un mareo espantoso, explica, que si no estuviera sentada rezando su rosario se hubiera caído patas arribas. Pero nadie le presta atención, como tampoco le hicieron caso al noticiero de las cinco: cogen sus platos y escapan a sus cuartos. Continue reading

Advertisements

Veraneo

Pensé que ya había sacado a luz este texto, pero parece que no. A mí me gusta cómo salió… espero que a ustedes también. He aquí a small glimpse hacia mi pasado, hacia la persona que fui por muchos, muchos años. Happy reading!

Veraneo

Último día de clases, y llego a casa con las mariposas revoleteadas. Ya la boca me sabe a verano, a calor afuera y aire acondicionado adentro, a la oscuridad de mi cueva, a claustro y sepultura. Prendo el televisor y cambio canales, cambio canales, uno tras el otro, descubriendo la programación del comienzo del fin de semana, el comienzo de mis tres meses de descanso, el comienzo de una nueva ola de hambre televisiva, la misma de cada fin de año escolar. Me acostumbro a tener a mi madre todos los días en la casa, encerrada con sus novelitas de arlequín porque no tiene autistas para cuidar en su escuela. Me acostumbro a mi abuelo en el escritorio en la sala, en la butaca en la sala frente al televisor, en la sala pegado a la computadora por horas y horas jugando con su programita de casino, haciéndolo el viejo más contemporáneo que conozco. Me acostumbro a mi abuela mandándome a apagar el aire todas los días a las diez, gritándome para que recoja la cama o lavara el plato o guardara la ropa tirada en el piso, peleándome porque no hago nada excepto ver televisión, jugar Wii, buscar fresquerías en el internet sin que ella se diera cuenta a las cuatro de la mañana cuando estén acostados excepto yo con mi mano izquierda en el bicho, con la derecha en el mouse, y las cucarachitas en las paredes murmurando cosas. Me levanto de lunes a lunes a las ocho de la mañana para pegarme a Lifetime, a ver The Golden Girls por dos horas seguidas por dos episodios de Frasier seguido por dos horas de The Nanny seguido por dos episodios más de The Golden Girls seguido por dos capítulos de Desperate Housewives seguido por dos horas de Grey’s Anatomy. Día tras día, la misma rutina: las mismas programaciones, las mismas líneas y los mismos episodios repetidos desde que descubrí el canal 42 (ahora el canal 25) en cuarto grado y encontré el medio perfecto con el cual pulir mi inglés gracias a los closed captions, para perfeccionar mi sarcasmo y esperar las risitas de la audiencia, para aprender a ser un adolescente rebelde destructivo anarquista que llora demasiado y se encierra en el baño a las siete de la tarde para hacer fresquerías y lavar el delito en la ducha. Luego vienen las horas aburridas cuando el sol se calienta y los changos cortejan y me dejo derretir en la cama, con el abanico en la cara, con mi abuela anotando recetas de Food Network, con mi abuelo jugando solitaria en su computadora, con mi madre llegando cansadísima del cine (no la quise acompañar, no me quise levantar de la cama, no me quise ni lavar los dientes) para encerrarse en su cuarto a continuar con sus portadas románticas. Me imagino rodeado de pingas brasileñas y afroamericanos pingones y los modelos de Sean Cody chichando sin condón con las perlas de sudor chorreándole entre los pelitos de sus orificios anales. No puedo conectarme a la computadora ahora, no puedo aliviarme, hay demasiados testigos, vuelvo y aprieto el control remoto para escuchar que algo cambia en la periferia e intento números aleatorios, canales en inglés español inglés inglés inglés español inglés inglés español uruguayo español español español argentino inglés británico, y llego al History Channel y me envuelvo con el nuevo documental de The Universe, y así es que descubro el universo, el planeta, el Caribe, la isla, San Juan, las cuatro paredes de mi cuarto: mediante la estática del televisor y las ondas rebotando en los muros de cemento gastado. Llega la noche y entro al territorio del prime time: Family Guy, American Dad, The Simpsons, South Park, Robot Chicken, Whose Line Is It Anyway?, The Golden Girls, UFC (si es martes o jueves o viernes) y me la jalo con los luchadores revolcándose abrazados en el piso frente a miles de espectadores. Llego a Disney y horror de horrores, ¿qué diablos yo hago con ese canal todavía en el televisor?, y toda memoria de Lizzie McGuire y Raven Symone y Kim Possible borrada en un instante, ya no hay tiempo para esas inmadureces, ya ha llegado la hora de aprovechar el silencio del verano tropical, el sueño profundo producto de los aires acondicionados, y me escondo en la sala para aguantar la camisa con la boca y llenarla de baba para que no le caiga ni una gota de leche, para que caiga esa lluvia de perlitas blancuzcas en mi estómago y sentir el calor verdadero de un adolescente en celo. Nunca me han cogido a esta hora: borro las manchas, borro la historia, borro todo rastro de mi hambre masturbativa, me caliento unos nuggets Tyson en el hornito, prendo el televisor y todavía están dando Toonami a las cuatro, cinco, seis de la mañana, y yo lechoneando en la sala, solo con mi abanico, solo con la estática rellenando ese espacio entre mis pensamientos. Otro sábado, otro domingo, otro lunes por la noche, hasta tarde, vaciando la nevera y rellenando mi cerebro con pensamientos japoneses traducidos al inglés machucados para el mercado caribeño que paga una cantidad exorbitante para los pocos canales que reciben. Nadie de la escuela me llama para salir, ¿para qué?, si salgo pues pierdo la nueva película de Lifetime o el nuevo roast de Comedy Central o el nuevo estreno de FX o la nueva mariconada de Bravo. Trabajaré el verano que viene. Haré mi lectura de verano el mes que viene. Saldré de mi cueva la semana que viene. Me bañaré mañana. Los veranos: con su humedad condensada en los huesos, me acostumbro al vapor chorreando de las paredes, las paredes sucias de mi cuarto sucio, de mi espejo cubierto de barritos explotados y las gotitas de mi leche que explotan fuera de mi alcance. Pasan las horas, pasan las semanas, pero el televisor sigue ahí, los programas siguen igual, pasa el cuatro de julio y llega visita a Puerto Rico: llega mi tía de Denver con su esposo y mi primito de cuatro años a quedarse en Isla Verde, llega mi tío de Orlando con mis dos primos y se quedan también en Pine Grove, llega mi tío de su apartamentito en Chelsea para tomar fotos de la fachada de una familia que hace el esfuerzo de reencontrarse aunque sea una vez al año, fotos de hijas que llaman todos los domingos e hijos que llaman una vez a la semana, si acaso. Pero me compré Zelda: Twilight Princess la semana pasada, y me paso las horas tratando de pasar el maldito juego que se estira, que se hace infinito, de grandes pastizales que se abren y se abren y nuevos mundos y nuevas dimensiones y yo no las puedo controlar, no puedo separarme del televisor, no quiero bajar a la playa, no quiero del barbecue, no quiero prestar el control, no quiero que me interrumpan, ¿por qué mis primos no juegan voleibol en la arena o algo, lejos de mí?, qué mucho joden, y qué poco me queda por derrotar, pronto viene Ganondorf y le voy a comer el culo, le voy a comer el culo, Link le va a comer el culo con su pelo rubio y sus ojos de fiera, ojos azules como los que me gustan, ojos de cobalto quemándose en la barbacoa—pero viene Ian y entra al cuarto y me apaga el Wii sin que yo pueda darle save, y le grito a mi primito de cuatro años porque ha interrumpido mi más reciente misión en esta vida, qué atrevimiento el de este chamaquito, le grito, y le pataleo y tiro el control y me cubro la cara con una almohada para gritar de la rabia y morder la tela y revoletear como un autista en la cama, y mi tía entra al cuarto porque escucha los lloriqueos de su nene y me grita a mí y me manda pal carajo y se va el próximo día sin que yo tuviera la voluntad de despedirme de ella. Regreso a la rutina: Lifetime, comida, Cartoon Network, porno, comida, cama. Un día tras el otro, un verano tras el otro, los pocos meses de descanso que tengo de mi vida ajetreada, de niño que llora demasiado porque los papás no los entienden y lo dejaron desde cuarto al abandono de su cuarto, cuarto sin puerta pero con televisor al día. Ahora termina el verano y siento que no pasó nada, que fue como cambiando canales, un día tras el otro, rogando que los anuncios no duren demasiado—y mañana empiezo grado once y me niego a dormir, me niego a dormir, quiero seguir viendo televisión hasta que salga el sol porque no puede ser que el verano ya se me haya ido, no hice nada, prácticamente, excepto ver televisión, y ahora viene la escuela a interrumpir mi felicidad más terrenal, ahora a sacar todas A de nuevo para poder mojonear tres meses más. No podré ver qué le pasará al maricón de Andrew en Desperate Housewives, ya que la madre lo abandona en una gasolinera cualquiera y ella llora cuando ve a su hijo achicarse en el retrovisor y tardarán meses hasta rencontrarse, y aunque ya lo haya visto la serie como tres veces corridas, aunque ya me sé las líneas de memoria, aunque practico las escenas frente el espejo del baño a lo largo del año escolar, sigo añorando el bowl de zucaritas con Nesquik a las tres de la tarde con mi cama caliente y el abanico en high, sigo llorando por la emoción que la memoria me provoca.

Bendiciones disfrazadas

A mi abuela, por todo lo que me ha hecho.

 

 

Bendiciones disfrazadas

 

 

What do you want me to say, that I want to kill my mother?

That I want her dead? I wish this would all go away? […]

Fine. I wish she were dead and this would all go away.

Weeds, Season 4, Episode 3

Un hielo es el culpable del resbalón de doña Margara, el mismo con el cual buscaba aliviar su garganta de aquel polvo del Sahara que sepultaba la casa en huracanadas kilométricas. Se levanta del sillón molesta por no haberse servido un vaso de agua helada como hace de costumbre tras caminar veinte minutos por las calles de Highland Park con las otras vecinas y sus chismoseadas de atardecer. En la cocina le ataca una nueva oleada de tos que la lleva martirizando dos semanas corridas, que noche tras noche la estorba el momento exacto en que su cerebro cruza la lanuda muralla del sueño, y la convulsión causa que se le resbale el vaso con que recoge el hielo de la Kenmore. En su desasosiego da un paso hacia la derecha sin darse cuenta del pedazo de hielo que ya se derretía en el calor demoníaco de principios de mayo. Doña Margara cae en un arco magnífico, flotando por el aire en la infinidad de tres segundos pausados, y recupera de su vieja carrera de bailarina las viejas líneas que trazaba de la punta del índice a la punta del pie. Al instante de caer de bruces reconoce la infranqueable necesidad de alcanzar el teléfono de la cocina. De ahora en adelante, ella piensa, no permitiría más tropiezos. Continue reading

Goma vacía

Un cuentito para ser leído en voz alta. ¡Que lo disfruten!

Goma vacía

La tía de Rafi le presta su Mazda pick-up con la condición de que llevara su sobrino a pasear. Alfredito, incapaz de separarse de su X-Box, se conforma con la pistolita que le habían regalado los pasados Reyes. Por la prisa y la lluvia, Rafi no ve el hoyo que el Municipio no logra tapar frente a De Diego Chalets. Se alinea sólo para descubrir la goma delantera destrozada y que no tiene repuesta. Decide tirarse a donde un primo gomero en la 65, a pesar del tapón riopiedrense ya congestionado como una arteria. El corto tramo se estira a quince, veinte minutos. Aburrido, Alfredito pretende disparar los changos. Asfixiados, bajan los cristales y un deambulante les ofrece una repuesta, cual Rafi declina con gracia. Por el diluvio o por el aburrimiento, conductor tras conductor le comenta la goma vacía. Da las gracias una y otra vez. Pronto, Rafi, encojonadísimo, deja de contestarles; Alfredito decide dar las gracias por su tío. Dos viejas en un Camry le dicen que tiene un foco guindando, pero Rafi grita que no le importa tres puñetas que guinde el jodido foco, y ellas se quejan: “Por eso estamos como estamos.” Alfredito, asustado, se esconde bajo el dash. Un estudiante con dreads les informa que tienen el aro doblado, incitando Rafi a cagársele en la madre mil veces—pero el chamaco, pacífico, le ofrece el fili con que se alivia del tapón. No le digas nada a tu tía, le murmura, y Alfredito mira con una curiosidad profunda, se ríe cuando el humo se le escapa por nariz y boca a borbotones. De pronto, dos cafretones en un Mirage, bachatón encendido, tocan su bocina y gritan: “¡Mera, cabrón, tu goma está vacía!” Por el susto, Rafi le grita que se sacara una repuesta del roto del culo para no tener que escuchar a más pendejos como él acordándole de la jodida goma. Energizado por la valentía de su tío, Alfredito sorprende al otro conductor con su pistolita, gritando su guasábara—y el conductor, asustado, saca su Glock y la vacía. Los carros se esparcen como cucarachitas cuando se prende una luz. El Mirage se escapa en dirección a Trujillo. El pick-up, inmóvil en medio de la 65, se cerca por una charca de sangre y lluvia sucia, ahora con dos gomas vacías.

Executive Executioner of the Americas

Les ofrezco uno de mis primeros cuentos de ciencia ficción. Me siento satisfecho con él. Ojalá que usted, querido lector, disfrute de esta exterminación del Caribe tanto como yo disfruté ingeniándola. Happy Reading!

Executive Executioner of the Americas

1

—Tendrás que duplicar tus esfuerzos —me informa la supervisora en su tono más chillón, pero no puedo desenfocarme de aquellos anteojos de tono amarillo irritante que insiste en portar—. Aún sobreviven miles de Homo sapiens sapiens en la isla —ahora me entrega una imagen de la isla dividida en tres zonas de enfoque, y pretende que la siga atendiendo mientras recita verbatim mi última evaluación de productividad. Pero aquel archipiélago siempre me ha parecido una manada de Tursiops truncatus buscando comida en aquel mar triste. Continue reading

Cuatro días bajo Yulingrado

Espero que todo el mundo sepa hacia dónde correr en el evento de un tsunami. Viene uno por ahí… por algo FEMA trajo ataúdes a Puerto Rico… Se los advertí.

Cuatro días bajo Yulingrado

I

A las ocho de la mañana prenden una docena de bocinas tumbacocos en la parada veintiséis con salsa y bembé a todo volumen. Un laberinto de rejas con alambre de púa se calienta bajo el sol. Las cien guaguas que la alcaldesa contrató para transportar las masas hasta las Fiestas de la Calle San Sebastián esperan para ser abordadas. Sin  embargo, la poca población que usa el tren a diario continúa con su rutina; ni se inmuta en mirar hacia el alboroto en el estacionamiento de Sagrado Corazón. Hubo un rechazo colectivo hacia las medidas exageradas de seguridad con tal de no repetir el primer asesinato ocurrido en las Fiestas en casi cuarenta décadas; ni que San Juan fuese la ciudad estrella. Este año, el entusiasmo y el jolgorio para comenzar las octavitas brillan por su ausencia. Continue reading

Mozambique

Si amas a los changos tanto como yo (o si rezas por su exterminación, no importa), léete este cuento. Gracias.

 

 

Mozambique

Me llamo Mozambique. Será porque salí negro. Tan negro soy que brillo en la oscuridad—y cuando me sienten cerca, me espantan de su lado como si les quisiera hacer daño. Mi apellido es Salamán. Me han dicho que eso me confiere cierto poder, que tengo nombre de rey y apellido de guerrero; tres carajos, en realidad, pocas veces mi suerte ha sido privilegiada, como quien dice. Fuck it, yo lo sigo andando con todo y nombre. Qué remedio. No espero que nadie me trate de manera especial porque salí chiquitito y negro como algún misterio de la noche. Continue reading